Hay una frase que escucho mucho en consulta. La dice con cierta vergüenza, mirando hacia otro lado:

“Es que no me apetece. Y no sé por qué. Antes sí.”

A veces la dice ella. A veces él. A veces los dos, por separado, en la misma pareja.

El bajo deseo sexual es probablemente la disfunción más silenciada de todas. No duele de forma evidente, no tiene una causa visible, y durante mucho tiempo se confunde con algo que “simplemente te pasa con los años”, con el cansancio, con el estrés. O peor aún, se interpreta como una señal de que algo falla en la pareja, en uno mismo, o en el amor que un día parecía sólido.

Nada de eso es necesariamente cierto. Y hay mucho que se puede hacer.


¿Qué es exactamente el bajo deseo sexual?

No hablamos de tener menos ganas un fin de semana de mucho trabajo. Hablamos de algo más persistente: la ausencia —o reducción significativa— de fantasías, pensamientos eróticos o ganas de tener relaciones sexuales, que se mantiene en el tiempo y genera malestar real en la persona o en la pareja.

No es un capricho. No es falta de amor. Y, en la mayoría de los casos, tampoco es algo irreversible.

Existe en hombres y en mujeres, aunque se manifiesta de forma diferente. En ellos suele ser más fácil de identificar por su contraste con lo que “se supone” que debería sentir. En ellas, con frecuencia viene acompañado de una falta de excitación general: el cuerpo no responde, la mente no viaja hacia ahí, y el sexo se convierte en algo que ocurre —cuando ocurre— más por obligación que por deseo genuino.


El círculo que nadie quiere ver

Cuando el deseo desaparece en uno de los dos miembros de la pareja —o en ambos de forma desigual—, suele activarse un mecanismo que, sin querer, lo empeora todo.

La persona con más deseo comienza a buscar acercamiento con más frecuencia. La otra, que ya no siente ese impulso, empieza a percibir esa búsqueda como presión. Para evitar que cualquier caricia desemboque en una relación sexual que no apetece, va retirando el contacto físico: menos besos, menos abrazos, menos roces. Solo por precaución.

El primero lo interpreta como rechazo. Se siente no deseado, invisible, irrelevante. El segundo se siente observado, juzgado, en deuda.

Y así, sin que nadie haya dicho nada hiriente ni hecho nada malo, los dos se van alejando. La distancia emocional crece. Y el deseo, si es que quedaba algo, termina de apagarse.

Este patrón es muy común. Y tiene solución.


¿Por qué ocurre? Las causas reales detrás del bajo deseo

Una de las primeras cosas que hago en consulta es desmontar la creencia de que el bajo deseo tiene una sola causa. Casi nunca la tiene. Suele ser la confluencia de varios factores que, juntos, han ido apagando poco a poco ese fuego.

El estrés y el agotamiento crónico. El deseo sexual necesita espacio mental para existir. Cuando la cabeza está permanentemente ocupada —trabajo, hijos, preocupaciones económicas, pantallas— el erotismo simplemente no encuentra hueco. No es falta de ganas: es que no hay sitio.

La rutinización de la sexualidad. Siempre igual, siempre a la misma hora, siempre de la misma forma. La sexualidad necesita algo de novedad, de tensión creativa. Cuando se convierte en un trámite, deja de despertar.

La imagen propia y la autoestima. Es difícil desear desde la vergüenza. Muchas personas con bajo deseo no se sienten atractivas para su pareja —ni para sí mismas— y eso bloquea la conexión con el propio cuerpo antes de que empiece cualquier encuentro.

El sexo como obligación. Este es uno de los factores más frecuentes, especialmente en mujeres: el sexo ha dejado de ser un espacio de placer y se ha convertido en algo que se hace “para no crear problemas”. Y cuando el cuerpo aprende a asociar el sexo con la obligación, lo último que hace es desarlo.

La historia emocional de la relación. Las heridas no resueltas, los reproches acumulados, la falta de intimidad real fuera del dormitorio… Todo eso tiene un impacto directo en el deseo. El cuerpo no olvida lo que la mente intenta ignorar.

Factores físicos y hormonales. La testosterona, los niveles de estrógeno, el funcionamiento tiroideo, algunos fármacos (especialmente antidepresivos y anticonceptivos)… La biología también juega su papel y merece ser evaluada.


Lo que sientes, y lo que todo eso significa

Hay algo que me parece importante decir con claridad: la ausencia de deseo no significa que no ames a tu pareja. No significa que seas “frío” o “fría”. No significa que algo esté roto en ti de forma permanente.

Lo que sí significa es que algo —en ti, en la relación, en el contexto de tu vida— necesita atención. Y eso, lejos de ser una mala noticia, es en realidad el primer paso para que las cosas cambien.

La persona que llega a consulta diciendo “ya no siento nada” casi nunca está diciendo la verdad completa. Lo que ha pasado, en la mayoría de los casos, es que el deseo ha quedado enterrado bajo capas de cansancio, resentimiento, vergüenza o desconexión. Sigue ahí. Necesita ser encontrado.


¿Qué se puede hacer? El enfoque terapéutico

El tratamiento del bajo deseo no es un protocolo genérico que se aplica igual a todo el mundo. Es un trabajo personalizado que empieza por entender tu historia, tu cuerpo, tu pareja y tu contexto.

En mi consulta, trabajo desde un enfoque humanista, gestáltico y somático. Eso significa que no me limito a dar pautas cognitivas —aunque las hay— sino que también trabajo con el cuerpo, con las emociones y con la relación en su conjunto.

Algunos de los elementos que suelen formar parte del proceso:

Educación sexual real, sin mitos ni tabúes, para desmontar creencias que llevan años bloqueando el deseo.

Trabajo con la autoestima y la imagen corporal, recuperando la conexión con el propio cuerpo como fuente de placer.

Focalización sensorial, una técnica terapéutica que ayuda a la pareja a reconectar desde el tacto y la presencia, sin presión hacia el rendimiento.

Abordaje de la dinámica de pareja, trabajando los patrones de alejamiento y el vínculo emocional.

Exploración de las causas físicas, derivando al especialista médico cuando hay indicios de una base hormonal o farmacológica.

El objetivo no es recuperar el deseo que tenías a los veinte años. Es construir una sexualidad adulta, consciente y satisfactoria, acorde con quien eres hoy.


Un paso a la vez

Si has llegado hasta aquí, probablemente algo de lo que has leído te ha resonado.

El bajo deseo sexual mejora. Con tiempo, con el enfoque adecuado, y con el acompañamiento correcto, muchas personas y parejas recuperan una vida sexual que vuelve a sentirse como algo propio, no como una obligación ni como un problema.

El primer paso es siempre el más difícil: reconocer que algo no va bien y decidir pedir ayuda.

Si quieres explorar qué está pasando en tu caso y qué se puede hacer, puedes contactarme en Sexología Pamplona. Trabajo de forma presencial en Pamplona y Almería, y también online para toda España. La primera consulta es un espacio seguro, sin juicios y sin presiones.

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