Los ovarios no se pueden tocar. Están demasiado profundos dentro de la pelvis para que los alcancen tus dedos. Pero eso no significa que no puedas conectar con ellos. Lo que necesitas no son las manos — es la atención.

Esta es la decimotercera y última entrega de la serie sobre anatomía sexual femenina. A lo largo de doce artículos hemos recorrido tu cuerpo desde la vulva hasta los ovarios, desde lo que se ve hasta lo que no se ve, desde lo que se toca hasta lo que solo se siente. Este último ejercicio cierra el recorrido llevando tu atención al lugar más profundo e inaccesible de todos — y te propone algo que quizá nunca has hecho: prestarle atención consciente a la zona donde habitan tus ovarios.

No es un ejercicio esotérico. Es un ejercicio de conciencia interoceptiva — la capacidad de sentir lo que ocurre dentro de tu propio cuerpo. Es la misma capacidad que usas cuando notas que tienes hambre, que el corazón se te acelera, o que hay una tensión en el estómago antes de una conversación difícil. Solo que aquí la diriges a una zona que probablemente nunca ha recibido tu atención.


Por qué merece la pena

Tu zona pélvica — útero, ovarios, suelo pélvico — es un centro de actividad hormonal, muscular y nerviosa que influye directamente en tu estado de ánimo, tu energía, tu ciclo y tu sexualidad. Pero para la mayoría de las mujeres es una zona “muda” — funciona en automático sin que le prestes la menor atención.

La investigación en neurociencia interoceptiva muestra que dirigir la atención de forma regular a una zona del cuerpo aumenta la densidad de las conexiones neurales entre esa zona y el cerebro. Dicho de forma sencilla: cuanto más atención le prestas a una parte de tu cuerpo, más la sientes, más la registras y mejor la integras en tu experiencia consciente. Lo que antes era invisible empieza a tener presencia.

Y eso tiene consecuencias prácticas: más conciencia de tus cambios cíclicos, más conexión con tus señales de deseo y excitación, más capacidad de percibir cuándo tu cuerpo está relajado y cuándo no, y una relación más íntima con tu propia zona pélvica — lo cual transforma la experiencia sexual.


El ejercicio: 5 minutos de presencia dirigida

Puedes hacerlo cada día — antes de dormir es un buen momento — o varias veces por semana. Con 5 a 10 minutos es suficiente. La constancia importa más que la duración.

Preparación

Túmbate boca arriba en un lugar cómodo y tranquilo donde nadie vaya a interrumpirte. Puedes hacerlo en la cama, sobre una esterilla o sobre una manta en el suelo. Deja que tu cuerpo se acomode — las rodillas pueden estar estiradas o dobladas con los pies apoyados, lo que te resulte más cómodo.

Paso 1: Activar el calor de las manos

Frota las palmas de las manos una contra otra durante 15 o 20 segundos — con energía, hasta que sientas calor claramente. Este calor no es simbólico: es un aumento real de la temperatura y de la circulación en las palmas, que al apoyarlas sobre la piel genera una vasodilatación local y una señal sensorial que tu cerebro registra como “atención aquí”.

Paso 2: Colocar las manos sobre los ovarios

Apoya cada mano a un lado del abdomen bajo — más o menos a la altura de las ingles, ligeramente por debajo y a los lados del ombligo. Esa es la zona de proyección de tus ovarios sobre la superficie del abdomen.

Cierra los ojos. Siente el calor de las manos penetrando a través de la piel. No tienes que hacer nada más. Solo estar presente con esa sensación.

Paso 3: Respiración dirigida

Inhala lentamente por la nariz, llevando el aire hacia la zona baja del abdomen — siente cómo se expande bajo tus manos. Exhala suavemente por la boca, dejando que el abdomen descienda y se ablande con cada exhalación.

Con cada inhalación, imagina que el aire llega hasta la zona de los ovarios — no como metáfora espiritual, sino como foco de atención. Estás dirigiendo tu conciencia a ese punto concreto de tu cuerpo, igual que podrías dirigirla a un dolor de cabeza o a una tensión en el hombro.

Repite 10-15 respiraciones lentas y profundas.

Paso 4: Observar lo que aparece

Con las manos todavía apoyadas y los ojos cerrados, quédate en silencio unos minutos. Observa qué percepciones aparecen:

¿Sientes calor en la zona? ¿Es igual en ambos lados o diferente? ¿Hay alguna pulsación sutil? ¿Notas tensión, pesadez, ligereza, nada? ¿Aparecen emociones — calma, melancolía, bienestar, inquietud? ¿Aparecen pensamientos, recuerdos, imágenes?

No busques una respuesta concreta. Todo lo que aparezca es información válida — y si no aparece nada especial, eso también está bien. La práctica regular va afinando la percepción: lo que hoy es silencio puede ser sensación clara dentro de unas semanas.

Paso 5: Cerrar con suavidad

Cuando sientas que es suficiente, retira las manos lentamente. Quédate tumbada un par de minutos más sin hacer nada — simplemente notando cómo se siente tu abdomen, tu pelvis, tu cuerpo entero después del ejercicio. Muchas mujeres notan una sensación de calor expandido por la zona pélvica, una relajación profunda del bajo vientre, o una quietud particular. Otras notan poco al principio — y eso cambia con la práctica.


Lo que puede cambiar con la constancia

Las mujeres que incorporan este ejercicio como rutina — 5 minutos al día durante varias semanas — suelen reportar cambios sutiles pero consistentes:

Mayor conciencia de los cambios cíclicos — notar cuándo están ovulando, cuándo se acerca la regla, cuándo el cuerpo pide descanso y cuándo pide actividad. Menos dolor menstrual — la respiración diafragmática y la relajación de la zona abdominal baja reducen la tensión que amplifica los calambres. Más conexión con el deseo — al integrar la zona ovárica en tu mapa corporal consciente, las señales de deseo y excitación se perciben con más claridad. Mayor presencia corporal durante el sexo — una mujer que habita su pelvis conscientemente vive la sexualidad de una forma diferente a una que solo la siente de cuello para arriba.


El cierre de la serie

Con este ejercicio terminamos un recorrido de trece artículos que empezó en la vulva y ha pasado por los labios de Venus, el clítoris, la zona G, el suelo pélvico, el útero y los ovarios. Trece entregas dedicadas a que conozcas tu cuerpo con la profundidad que merece — no desde la frialdad de un manual de anatomía, sino desde la calidez de alguien que cree que el autoconocimiento corporal es el primer paso hacia una sexualidad más plena, más consciente y más tuya.

Cada artículo te ha propuesto una forma diferente de mirarte, tocarte y sentirte. Cada ejercicio ha sido una invitación a habitar una zona de tu cuerpo que quizá estaba dormida, desconocida o ignorada. Y todo junto — la exploración, el tacto, la respiración, la atención — construye algo que va mucho más allá de la anatomía: construye una relación contigo misma.

Si a lo largo de esta serie has descubierto cosas que te gustaría explorar más, si algo de lo que has leído te ha hecho resonar con una dificultad que llevas tiempo arrastrando, o si simplemente quieres un espacio seguro para reconectar con tu cuerpo y tu placer — estoy aquí para acompañarte.

Atiendo en consulta presencial en Pamplona y también en formato online para toda España. La primera sesión es confidencial, sin juicios y a tu ritmo.

Vidal Higuera — Psicólogo y Sexólogo Clínico

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