Hay un texto que lleva más de dos mil años hablando del deseo, del cuerpo, de la piel y del anhelo entre dos amantes — y forma parte de la Biblia. Se llama el Cantar de los Cantares. Y dice cosas que muchas parejas actuales han olvidado cómo decirse.

“Béseme con los besos de su boca, tus amores son más dulces que el vino.”

No es metáfora suavizada. No es un eufemismo piadoso. Es poesía erótica en estado puro — y la tradición cristiana decidió incluirla en el corazón de su canon sagrado. Ese hecho, por sí solo, ya dice algo profundo: que la pasión entre los amantes no fue vista como algo que corregir o trascender, sino como algo que celebrar.

Este artículo no es un estudio bíblico. Es una reflexión desde la sexología y la terapia de pareja sobre lo que este poema antiguo puede enseñarnos hoy. Porque lo que el Cantar describe — el deseo que busca, el cuerpo que se ofrece, la pasión que no se avergüenza de sí misma — es exactamente lo que muchas parejas necesitan recuperar.


Un poema que no pide disculpas por el deseo

Lo primero que llama la atención al leer el Cantar de los Cantares es su absoluta naturalidad con el cuerpo y el deseo.

La amada describe el cuerpo de su amado con admiración sin filtro. El amado recorre con palabras el cuerpo de ella — los pechos, las caderas, el vientre, la boca — con una sensualidad que no necesita justificarse. No hay culpa. No hay pudor impostado. No hay separación entre lo sagrado y lo sensual.

“Tus dos pechos, dos crías mellizas de gacela que pacen entre rosas.”

“Se asemeja tu talle a una palmera y tus pechos a racimos. Me dije: treparé a la palmera, cosecharé sus dátiles.”

Este lenguaje no es accidental ni decorativo. Es la expresión de una concepción del amor en la que el eros — la atracción, el deseo, la pasión del cuerpo — no está separado del amor profundo. Es parte de él. Es una de sus dimensiones esenciales.


La tradición que afirma el eros, no lo niega

Existe un malentendido muy extendido que ha hecho mucho daño a la vivencia de la sexualidad en la cultura occidental: la idea de que la tradición espiritual — particularmente la cristiana — ve el cuerpo y el deseo como enemigos del alma. Como algo inferior que hay que dominar o, en el mejor de los casos, tolerar.

El Cantar de los Cantares desmiente esa lectura desde dentro mismo de la tradición.

El filósofo francés Gustave Thibon — católico, pensador del amor humano y una de las mentes más lúcidas sobre la relación entre eros y ágape — lo expresó con una claridad que sigue siendo necesaria: el error no está en la pasión, sino en una pasión que se desvincula del compromiso y la entrega. Lo que degrada el amor no es el deseo, sino el deseo sin rostro — el deseo que no mira al otro como persona, que consume sin vincularse.

Thibon entendía que el amor verdadero no suprime el eros: lo integra. No lo domestica hasta vaciarlo, sino que le da un cauce donde puede crecer sin destruir. La pasión dentro de la pareja comprometida no es una concesión a la debilidad humana — es una expresión legítima del vínculo, tan necesaria como la ternura, el respeto o la fidelidad.

El Cantar refleja exactamente eso. Dos personas que se desean, se buscan, se admiran corporalmente — y lo hacen dentro de un vínculo que los sostiene. No hay promiscuidad en este poema. Hay una intensidad erótica enorme, sí, pero dirigida, nombrada, celebrada entre dos.


Lo que las parejas de hoy pueden aprender de este poema

Desde mi práctica como sexólogo y terapeuta de pareja, encuentro que muchas parejas tienen un problema que el Cantar de los Cantares resuelve sin esfuerzo: han separado el amor del deseo.

Se quieren, sí. Se respetan. Se cuidan. Pero la pasión — el fuego erótico, la admiración corporal, el anhelo del cuerpo del otro — se ha ido apagando. Y a menudo, en lugar de trabajar para reavivarla, se resignan. Como si la pasión fuera solo cosa de las primeras etapas y lo maduro fuera una convivencia afectuosa pero tibia.

El Cantar dice lo contrario. Dice: “Es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas.” Eso no es la descripción de un sentimiento doméstico. Es la reivindicación de una intensidad que no tiene fecha de caducidad.

Y hay varios elementos concretos que las parejas de hoy pueden tomar de este texto:

La admiración explícita del cuerpo del otro. El Cantar está lleno de descripciones corporales detalladas, dichas con asombro y deseo. ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a tu pareja lo que te gusta de su cuerpo? No como halago superficial, sino con la atención real de quien mira y se maravilla.

La búsqueda activa del otro. La amada busca al amado por las calles, de noche, sin resignarse a su ausencia. No espera pasivamente a que el deseo vuelva. Lo persigue. Lo nombra. En muchas parejas, el deseo muere no porque desaparezca, sino porque nadie sale a buscarlo.

La sensualidad que impregna lo cotidiano. En el Cantar, todo es sensorial: perfumes, sabores, texturas, paisajes. Los amantes no viven su deseo solo en la alcoba. Lo llevan consigo. Lo perciben en el viento, en las viñas, en la noche. Esa mirada — la de convertir la vida compartida en un espacio de sensualidad — es algo que las parejas pueden cultivar activamente.

La voz de la mujer que desea sin vergüenza. El Cantar es extraordinario por algo que en su contexto histórico era revolucionario: la mujer habla. Desea. Busca. Toma la iniciativa. No es objeto de deseo — es sujeto. Dice “yo soy de mi amado y él me busca con pasión”, pero también dice “ven, amado mío, salgamos al campo; allí te daré mis amores”. Esa reciprocidad del deseo — donde los dos buscan, los dos ofrecen, los dos reciben — es una de las bases de una sexualidad sana en pareja.


La pasión no es el enemigo del amor — es su combustible

Si hay algo que este poema milenario puede recordarnos es esto: el deseo dentro de la pareja no es un residuo animal que hay que gestionar. Es una fuerza vital que, cuando se cuida, alimenta el vínculo en lugar de erosionarlo.

Thibon lo decía de otra manera: el amor humano verdadero no elige entre la altura y la profundidad — las habita las dos. Entre el compromiso y la pasión no hay contradicción. Hay tensión creativa. Y esa tensión es, precisamente, lo que hace que el amor esté vivo.

El problema de muchas parejas no es que se quieran poco. Es que han dejado de desearse. Han dejado de mirarse con asombro. Han dejado de buscarse con la urgencia con la que la amada del Cantar recorre la ciudad de noche buscando al amor de su alma.

Recuperar esa dimensión no es un lujo. Es una necesidad relacional. Y es un trabajo que se puede hacer — con consciencia, con intención y, cuando hace falta, con acompañamiento.


Cuándo puede ayudar un acompañamiento profesional

Si sientes que en tu relación el deseo se ha apagado, que el cuerpo del otro ya no genera la misma atracción, o que la intimidad se ha convertido en una rutina que cumplir más que en un espacio de encuentro — eso tiene trabajo.

En mi consulta, el abordaje del deseo en pareja no se limita a hablar sobre lo que falta. Se trabaja desde el cuerpo: reconectar con la sensorialidad, con el tacto consciente, con la capacidad de estar presente con el otro de una forma que reactive el circuito del deseo. Eso puede incluir ejercicios de foco sensorial, trabajo con la respiración compartida, exploración del contacto sin objetivo — herramientas que la sexología somática y el enfoque gestáltico ofrecen para parejas que quieren volver a sentirse vivas juntas.

Trabajo de forma presencial en Pamplona y también online para toda España. Si quieres explorar cómo recuperar la pasión dentro de tu relación, puedes escribirme directamente.

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