Nota editorial de Vidal Higuera: Comparto en el blog este ensayo de Juan Manuel de Prada sobre la obra de Gustave Thibon porque pocas veces he encontrado, fuera de la literatura clínica, una descripción tan precisa de lo que veo en mi consulta de terapia de pareja: el itinerario del amor, sus crisis, sus purificaciones, y los pilares sobre los que un vínculo puede sostenerse en el tiempo. Lo dejo casi íntegro, con un breve epílogo clínico al final que conecta el pensamiento de Thibon con el trabajo terapéutico que hacemos con parejas hoy.


¿Quién fue Gustave Thibon y por qué importa hoy su obra?

Gustave Thibon (1903–2001) es uno de los pensadores católicos más importantes del pasado siglo. Hijo de agricultores, nunca quiso abandonar el predio de su familia; y aunque dejó la escuela a una edad muy temprana —o tal vez por ello mismo— nunca declinó su curiosidad ni su anhelo de sabiduría, que cultivó en la lectura de la biblioteca familiar y en la contemplación de las realidades naturales y sobrenaturales.

Incansable detractor del espíritu de agitación y mecanización característico de nuestra época —que juzgaba, con razón, incompatible con el cuidado del alma— Thibon defendió en sus obras la tradición como único modo de restablecer los vínculos comunitarios y también una vida auténticamente religiosa. Consideraba que «la desgracia de toda civilización es llegar a extinguir a la vez el deseo de lo natural y de lo sobrenatural. Se injerta lo divino en lo biológico; pero no en lo mecánico».

Amigo íntimo de Simone Weil, Thibon escribió decenas de obras sobre las más variadas cuestiones, siempre iluminadas por un pensamiento que bebía en los manantiales del tomismo. Entre todas ellas, ha cobrado especial fama Sobre el amor humano, un ameno y perspicaz tratado compuesto por cuatro partes que en principio fueron publicadas de forma independiente, hasta que el autor las reunió en un único volumen.


¿De qué trata el libro “Sobre el amor humano” de Thibon?

Sobre el amor humano es un ensayo filosófico de Gustave Thibon que aborda la naturaleza, las dificultades y las purificaciones del amor entre hombre y mujer, integrando cuerpo y espíritu desde una perspectiva tomista cristiana. En las dos primeras partes, que en cierto modo pueden leerse como una refutación de Nietzsche, Thibon aborda la convivencia entre los sentidos y el espíritu —o, si se prefiere, entre cuerpo y alma— abogando por la unidad del ser humano, que no es ángel ni animal, sino una criatura capaz de amar carnal y espiritualmente, sin entregarse a la mera concupiscencia ni a la sublimación espiritualista.

Esa unidad —ni pura mente ni puro cuerpo— es también la intuición central de buena parte de la psicología humanista. Jorge Bucay la ilustra con la metáfora del carruaje: cuerpo, emoción y mente tienen que viajar coordinados, o el ser humano se fragmenta. Thibon, desde el tomismo, llega a una conclusión muy parecida casi un siglo antes.

A analizar este amor propiamente humano dedica Thibon su libro, que en su tercera parte se adentra en la realidad del matrimonio, para proseguir con un análisis de las diversas etapas por las que atraviesa un amor verdadero que no quiere agotarse en el tiempo, sino mantenerse siempre vivo, a través de su propia y constante purificación.


¿Qué distingue el amor erótico de otras formas de amor humano?

Muchas son las expresiones del amor humano, de esa necesidad que las personas tienen de estar ligadas entre sí, de vivir unas por otras y para otras, de encontrar esa comunión que restablece la armonía de lo creado; pues, en efecto, nada hay en el mundo que exista de forma aislada o independiente.

Thibon comienza señalando las diferencias del amor erótico entre un hombre y una mujer respecto a otras expresiones del amor humano: el amor dirigido a nuestros semejantes, que es caridad; el amor nacido de los vínculos de la sangre; la amistad, que tal vez sea la forma más perfecta y desinteresada de amor, pues nace de una sintonía espiritual con alguien a quien elegimos entre muchos…

El amor entre hombre y mujer tiene elementos comunes con la caridad o la amistad, pero a ellos se une un elemento carnal aún más poderoso que en el amor nacido de los vínculos de la sangre, un elemento de entrega y donación que impulsa a los amantes a fundirse y hacerse uno solo, en exclusividad recíproca.

Este amor exige una plenitud sexual que sea al mismo tiempo una plenitud humana: debe reposar sobre el atractivo de los sexos, pero —especifica Thibon— ese atractivo debe estar asumido, coronado y superado por el espíritu. Cuando el espíritu no corona la atracción sexual, cuando se diviniza la carne separada del alma, el amor se vuelve sexolatría; y cuando una idealización de lo espiritual trata de rebajar al rango de cosa vergonzosa la entrega carnal, el amor se pervierte, aunque adopte una máscara de valores superiores.

Esta idea —que el amor puede degradarse de formas concretas y reconocibles— tiene un eco muy claro en la psicología contemporánea. Claudio Naranjo describió cómo cada estructura de carácter tiene su propia perturbación del amor característica: el amor-pasión que posee, el amor-placer que huye del compromiso, el amor que se disfraza de sacrificio. Lo que Thibon nombra desde la filosofía, Naranjo lo cartografía desde el carácter, en su serie Las Perturbaciones del Amor.


¿Por qué el enamoramiento no garantiza la duración del amor?

Entre un hombre y una mujer, el enamoramiento brota con la fuerza arrasadora de un cataclismo; pero esa desmesura de los afectos no garantiza, bien lo sabemos, su duración. Como escribe Thibon, hay muchas almas convertidas en cementerios donde yacen las cenizas de pasiones que parecían nacidas para la eternidad.

Ese estado de excitación o embriaguez de los sentidos propio del enamoramiento corre el riesgo de desvanecerse como una ilusión cuando choca con las rutinas de la vida. Pues la intimidad cotidiana resta brillo a las cualidades del ser amado; y, al mismo tiempo, hace resaltar sus imperfecciones y miserias, tan parecidas a las nuestras. Entonces el amor corre el riesgo de hundirse en la aridez y la insatisfacción.

Sólo el amante que aprende el realismo del amor —nos enseña Thibon— puede sobrevivir al desvanecimiento de esa ilusión primera; sólo aquel que sabe salir de sí mismo para entregarse al otro, para sentirse ligado al otro, vencido por el otro, invadido por su destino, puede hallar la verdadera alegría del amor. El amor que vive de codiciar —sentencia el autor— siempre nos deja, a la postre, hambrientos; el único amor que nos deja saciados es el que vive para darse.


¿Cuáles son las etapas del amor en una pareja a lo largo de la vida?

A continuación, Thibon nos aproxima al complejo itinerario vital sobre el que se despliega el amor entre un hombre y una mujer. Es indudable que toda modalidad de amor entre personas se enfrenta a dificultades y necesita de purificaciones para no languidecer. Pero en el amor entre los sexos estas alternativas de luz y de sombra se verifican con mayor frecuencia e intensidad: ningún otro amor está sujeto a un ritmo tan tormentoso como este, ni a tantas ascensiones y descensos.

El amor juvenil, tan entusiasta y deslumbrado, corre pronto el riesgo de convertirse en sed vulgar de una felicidad superficial e inmediata, en una divinización de la sensualidad o en una exaltación del egoísmo que acaba provocando hastío.

El amor de la madurez puede convertirse en una rutina esterilizante o incluso degenerar en un puro formalismo legal que encubre una simbiosis de egoísmos, un compromiso artificial entre dos almas que han llegado a ser extrañas y cerradas la una para la otra.

El amor de la vejez, en fin, acechado por las naturales decepciones y quebrantos producidos por el decaimiento físico, puede hundirse en la amargura.


¿Qué le ha ocurrido al matrimonio como institución?

Al matrimonio —observa muy atinadamente Thibon— parece haberle ocurrido lo mismo que a tantas instituciones morales, políticas o religiosas. En otro tiempo, tales instituciones estaban por encima de las personas que las encarnaban. Así se explica que un amor sólido y al mismo tiempo apasionado pudiera injertarse en una unión contraída por intereses sociales. Los cónyuges no deseaban tan solo mantenerse fieles entre ellos, sino también mantenerse fieles al matrimonio.

Mientras la institución matrimonial permaneció viva, revitalizada por la savia cristiana, fue un apoyo orgánico para los cónyuges. Pero desde que ha degenerado en un puro formalismo legal, la institución matrimonial se ha convertido en una carga intolerable para muchos. Los cónyuges se han rebelado contra la institución, en una búsqueda de libertad o «realización personal» en la que el amor pasa a ser una especie de velo halagador para cubrir la divinización de la sensualidad y la exaltación del yo. El amor ha dejado de ser unión íntima de dos almas para convertirse en sed vulgar de una felicidad superficial e inmediata, impermeable al deber.

Por eso resultan tantos fracasos de tales uniones: el matrimonio se ha convertido en la suma de dos almas encastilladas que solo viven para escuchar lo que la estupidez contemporánea llama «la voz del amor». De este modo, amor y egoísmo están cada vez más embrollados; y aun en las parejas que escapan de esta guerra, no pierde el egoísmo sus derechos: el amor hace nacer en ellas una especie de suficiencia eufórica, que no es sino un egoísmo doble tan engañoso y vano como el egoísmo individual.

De este modo, los cónyuges no llegan a conocerse realmente: aman un fantasma que crean a imagen de su deseo; o, en todo caso, avanzan hacia una simbiosis de egoísmos, hacia un compromiso artificial entre dos almas que han llegado a ser extrañas y cerradas la una para la otra. A esta entronización del deseo personal y egoísta se suma una ruptura entre sexualidad y matrimonio, entre sexualidad y procreación, e incluso entre sexualidad y amor.


¿Cuáles son los cuatro pilares del amor verdadero según Thibon?

Thibon considera que un matrimonio verdadero debe descansar sobre cuatro pilares: pasión, amistad, sacrificio y oración.

Los cuatro pilares del amor maduro según Gustave Thibon: 1. Pasión — la atracción sexual recíproca coronada por el espíritu. 2. Amistad — la comunión profunda que enseña a amar y respetar al otro. 3. Sacrificio — la capacidad de sostener el amor a través de las decepciones. 4. Oración — la apertura del amor a una dimensión que trasciende a los amantes.

Pasión, pues no podemos concebir el matrimonio sin una atracción sexual recíproca coronada por el espíritu, que nos exige adaptarnos a los gustos y necesidades sexuales del otro, que son muy distintos en la mujer y en el hombre.

Sin embargo, para que la vida de los esposos sea plena, es necesaria una comunión mucho más honda que no se logra con la mera pasión: debe existir entre ellos una amistad que les enseñe a amar y respetar al otro, que los incite a penetrar en el alma del otro, corrigiendo y dominando la tensión inherente al dualismo sexual, que los llene de un hambre nunca colmada de conocerse mejor el uno al otro, y de conocer juntos el incesante mundo.

Pero un amor solo es grande y duradero en la medida en que lo nutren las decepciones y dolores sembrados sobre su camino. El amor, para ser de veras grande y duradero, necesita también nutrirse con el sacrificio. No hay amor duradero sin sacrificio mutuo, sin esfuerzo para superar las decepciones, sin paciencia para soportar las miserias e imperfecciones del otro.

Y, por último, concluye Thibon, el amor tiene que conjugarse y amalgamarse con el amor eterno: quien ama de verdad acoge al ser amado no como un dios, sino como un don de Dios; no lo confunde nunca con Dios, pero no lo separa nunca de Dios. Como escribía Dante al referirse a Beatriz: «Ella miraba a lo alto y yo la miraba a ella». Y Víctor Hugo definía así la experiencia del amor: «Sentir cómo el ser sagrado se estremece en el ser querido».

Solo así los esposos pueden conservar eternamente alma de novios. Y es que —concluye Thibon— para amar a un ser lleno de imperfecciones (¡pues así somos todos y cada uno de nosotros!), es preciso amarlo más allá de esas imperfecciones, amarlo como «mensajero» de una plenitud que le sobrepasa.


Lectura clínica: por qué este texto sigue siendo útil hoy

Epílogo de Vidal Higuera, psicólogo y sexólogo clínico.

Cuando una pareja llega a mi consulta después de años juntos —diez, veinte, treinta— a menudo aparece, expresada de muchas formas, la pregunta que Thibon planteó hace casi un siglo: ¿qué hace que un amor permanezca vivo cuando la pasión inicial se ha desvanecido?

Desde la psicología contemporánea tenemos modelos muy útiles para responder a esa pregunta. La teoría triangular del amor de Sternberg describe pasión, intimidad y compromiso. Los modelos de apego adulto explican cómo la historia emocional temprana condiciona la forma en que nos vinculamos. El trabajo con comunicación en pareja aporta herramientas concretas para resolver conflictos. Y los cinco lenguajes del amor ayudan a identificar desencuentros sutiles en la forma de dar y recibir afecto.

Lo que aporta Thibon —y por eso lo recomiendo a las parejas que están haciendo un trabajo de fondo— es algo que los modelos clínicos no siempre dicen con la misma claridad: que el amor maduro no se sostiene por la suma de técnicas, sino por una transformación interior. Que el deseo no se mantiene reproduciendo la pasión inicial, sino atravesando sus crisis. Que el contacto físico cobra otro sentido cuando el cuerpo del otro deja de ser objeto de deseo para volverse territorio de presencia.

Alexander Lowen, desde la bioenergética, lo expresó de un modo que siempre me ha parecido revelador: cuando el amor se bloquea, el cuerpo se endurece —literalmente—, y el tórax rígido es muchas veces la huella física de un corazón que ha dejado de atreverse a amar. Lo desarrolla en Infarto de miocardio y amor. Es la misma intuición de Thibon —que el amor no es solo del alma— traducida al lenguaje del cuerpo.

Y que el sacrificio —palabra hoy mal entendida— no es renuncia masoquista, sino la capacidad concreta de quedarse cuando lo más fácil sería irse.

No comparto todas las conclusiones de Thibon —su marco es explícitamente católico, y atiendo en consulta a personas de cualquier creencia o ninguna—. Pero su descripción del amor humano me sigue pareciendo una de las más realistas y menos sentimentales que conozco. La dejo aquí para quien la necesite.


Sobre el autor del ensayo

Juan Manuel de Prada (1970) es escritor, periodista y ensayista español, autor de numerosas novelas, ensayos y artículos publicados en medios como ABC y XL Semanal. Su obra recoge una mirada literaria y filosófica de raíz humanista cristiana.

Sobre quien publica este artículo

Vidal Higuera es psicólogo, sexólogo clínico y terapeuta Gestalt. Acompaña a personas y parejas desde un enfoque integrador que combina terapia Gestalt, sexología somática, regulación del sistema nervioso autónomo y trabajo con el contacto consciente. Consulta presencial en Pamplona y online para toda España.

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Preguntas frecuentes sobre la filosofía del amor humano de Thibon

¿Qué es “Sobre el amor humano” de Gustave Thibon? Es un ensayo filosófico publicado por el pensador francés Gustave Thibon que reflexiona sobre la naturaleza del amor entre hombre y mujer integrando cuerpo y espíritu, las crisis del amor a lo largo de la vida y los pilares que sostienen un amor duradero. Está compuesto por cuatro partes originalmente publicadas por separado.

¿Cuáles son los cuatro pilares del matrimonio según Thibon? Los cuatro pilares del amor verdadero según Gustave Thibon son: la pasión —la atracción sexual coronada por el espíritu—, la amistad —la comunión profunda entre los esposos—, el sacrificio —la capacidad de sostener el amor a través de las decepciones— y la oración —la apertura del amor a una dimensión que trasciende a los amantes.

¿Qué quiere decir Thibon con “sexolatría”? Thibon llama sexolatría a la divinización de la carne separada del alma: el amor reducido a pura atracción sexual sin la coronación del espíritu. Es uno de los dos extremos que, para Thibon, pervierten el amor humano. El otro extremo es la idealización espiritualista que rebaja la entrega carnal a algo vergonzoso.

¿Es necesario ser católico para que este texto resulte útil? No. Aunque el marco de Thibon es explícitamente cristiano y tomista, sus observaciones sobre la dinámica del enamoramiento, las crisis del amor maduro y los pilares del amor duradero pueden leerse desde cualquier orientación filosófica o espiritual. En terapia de pareja, su descripción del realismo del amor resulta clínicamente útil con independencia de las creencias del lector.

¿Cómo se relaciona la filosofía de Thibon con la terapia de pareja contemporánea? La filosofía de Thibon sobre el amor humano coincide en lo esencial con varios modelos de la psicología contemporánea de la pareja: la importancia del compromiso sostenido (Sternberg), la transformación del deseo en el tiempo (Esther Perel), el papel del apego en la duración del vínculo (Bowlby, Hazan y Shaver) y la necesidad de integrar cuerpo y emoción (enfoques somáticos y Gestalt). Lo que Thibon aporta es una mirada filosófica que va más allá de la técnica terapéutica.

¿Qué relación tiene la filosofía de Thibon con la psicología del carácter? La descripción de Thibon de las “degradaciones” del amor —la sexolatría, el egoísmo doble, la simbiosis de egoísmos— tiene un paralelismo notable con la psicología del carácter contemporánea, especialmente con la obra de Claudio Naranjo sobre las perturbaciones del amor según el eneagrama. Ambos enfoques sostienen que el amor puede pervertirse de formas concretas y reconocibles, y que reconocer la propia forma de distorsionarlo es el primer paso para amar mejor.


Lectura recomendada

➡️ Próximo artículo del blog: El Cantar de los Cantares: lo que el poema más erótico de la Biblia puede enseñar a las parejas de hoy — una continuación natural de esta reflexión sobre el amor humano integrado, donde cuerpo y espíritu no se contradicen, sino que se reclaman mutuamente.

➡️ Desde el enfoque Gestalt: si te interesa cómo las distintas estructuras de carácter condicionan la forma de amar —y de perturbar el amor—, puedes explorarlo en la serie sobre las perturbaciones del amor en gestaltceres.com.

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